Cadena alimenticia

Cadena alimenticia

La cadena alimenticia, también conocida como cadena trófica, es un proceso de transferencia de sustancias y nutrientes entre especies diferentes de un mismo entorno, en el cual unas especies sirven de alimento a otras que a su vez sirven a otras, de manera sucesiva hasta llegar a la cima de la cadena.

Pongamos un ejemplo: una planta se nutre de compuestos químicos nutritivos del suelo, un insecto se alimenta de esa planta, un ratón del insecto, una culebra cazará al ratón para alimentarse y un halcón comerá a la culebra. Los excrementos del halcón pasarán a fertilizar el suelo y servirán de nutriente a las plantas, e incluso el mismo halcón al morir será descompuesto en el suelo y convertido en nutrientes, con lo cual el ciclo se reinicia una y otra vez.

Este es un ejemplo del balance perfecto conseguido por la naturaleza, que no se alcanzó en poco tiempo sino a lo largo de incontables generaciones de animales y plantas que intercambiaron entre sí constantemente, se adaptaron y consiguieron sobrevivir a las numerosas situaciones de peligro. En un ecosistema no existe el aislamiento: todas las especies de plantas y animales están interconectadas entre sí de formas a veces inimaginables.

Cada zona geográfica, cada entorno, posee tipos diferentes de cadenas alimenticias según los animales que allí habiten. No hay arbitrariedad en las cadenas alimenticias, sino todo lo contrario: existe un delicado equilibrio entre las especies que forman los eslabones de una cadena. La desaparición de sólo una de ellas puede traer graves consecuencias o incluso la extinción de varias partes que integren esta cadena. En otras ocasiones los animales se ven forzados a migrar en busca de sustento, lo cual genera consecuencias negativas porque irán a otras zonas con diferente cadena alimenticia y romperán el equilibrio natural, convirtiéndose en especies invasoras que generan daño al nuevo ecosistema donde se establecen. En otras ocasiones ciertos animales son liberados por el hombre fuera de su entorno natural, y al no existir predadores naturales para estos, causan daños considerables.

Algunos ejemplos de especies invasoras son la tortuga de Florida, la ardilla gris o los conejos europeos en Australia. Estos animalitos pueden parecer esponjosos, tiernos y dulces, algunos hasta lo son, pero el daño que causan a los ecosistemas que invaden es realmente notable y pone en peligro la existencia de todas las especies nativas.

Nuestra mejor contribución puede ser algo importante y a la vez muy sencillo de hacer: evitemos soltar animales en entornos naturales que no son los suyos. Un animal por bonito que sea, que no pertenece a determinado ecosistema, ocasionará daños que el entorno no está preparado para revertir. Dejemos que la naturaleza haga su trabajo.

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